viernes, 15 de mayo de 2020

RELATOS FANTÁSTICOS

EL MANICERO

La casa de Nito Fernández era el lugar ideal para arriesgados juegos, locos inventos y misteriosas aventuras. Una vieja casa con un gran terreno baldío donde en el fondo del predio había un viejo y abandonado gallinero de chapa, madera y cartón, que ahora ellos utilizaban como cuartel general de operaciones del recientemente formado grupo Alcón

El terreno de la casa estaba abandonado y descuidado, con largos pastizales, tupidos cañaverales, oxidada chatarra y viejos árboles. Un añejo laurel en el centro, un viejo peral al lado de un derruido galponcito donde antaño su tío ejercía la profesión de relojero, un escuálido níspero que ellos vandalizaban vorazmente en temporada, una descuidada higuera en el predio del gallinero y dos álamos gigantescos que se erguían imponentes en el fondo del terreno. Al costado de la vivienda principal, la de su abuela, entre yuyos de plumerillos y un joven limonero, había un barco de madera a medio terminar que otro de sus tíos construía desde hacía años en una interminable obra náutica, como un eterno y fantasmal astillero donde lo construido hoy se derruía mañana, para volver a reconstruirse pasado. Al frente y al costado de la entrada de la vivienda había un garaje (cochera) en desuso ahora convertido en taller, donde su padre fabricaba y vendía plumeros que construía en una vieja máquina a pedales para fabricar escobas de paja, que había sido modificada para construir plumeros porque eran más rentables y menos laboriosos de fabricar. 

En la época que sucedió esta historia el grupo de amigos estaba dedicado al proyecto “Dédalo”, estaban construyendo un avión de cañas de cinco metros de envergadura que había diseñado M. La idea era simple, usar la misma física que los barriletes, pero en este caso sería un avión que una vez en el aire, sería soltado como un planeador. Ya lo tenían casi construido, solo faltaban algunos detalles técnicos del tren de aterrizaje, que como no podría replegarse dentro del avión, tendría que ser liviano y estar justo en el centro de gravedad de Dédalo, para que la aeronave no cabeceara o se inclinara en pleno vuelo. 

Una tarde de sábado trabajando en la solución del problema del tren de aterrizaje y esperando que pase el carrito del manicero con su forma de antigua locomotora a vapor, Nito les preguntó de qué color era la boina del manicero; Enrique dijo que no era una boina, que era una gorra de maquinista azul y vestía un mameluco del mismo color, Mario largó una estruendosa carcajada y les dijo que eran todos unos boludos, que el manicero no usaba boina, ni gorra, ni sombrero ni nada en la cabeza, que era un petiso gordo y pelado que usaba lentes de soldador y vestía como un pordiosero.  M lo recordaba con lentes oscuros que no dejaban ver sus ojos, alto y delgado, vistiendo una especie de guardapolvo caqui con una gorra de aviador de cuero negro con orejeras de piel de cordero que no alcanzaba a cubrir su pequeña cabeza. Fue entonces cuando se armó la discusión sobre cómo era el manicero, que si era petiso o alto, gordo o flaco, viejo o joven, pelado o peludo, que si vestía así o asa, que si rengueaba de la pierna izquierda o derecha, que si tenía una pierna ortopédica o usaba lentes oscuros porque era tuerto y tenía un ojo de vidrio, etc, etc, etc. En lo que sí estaban todos de acuerdo, es que el manicero usaba unos lentes o antiparras como de soldador, supuestamente para protegerse la vista del humo del carrito donde calentaba los maníes, o eso creían ellos.

Estaban en plena discusión cuando escucharon sonar la bocina del carrito manicero. Todos corrieron a ver quién tenía razón y en el camino apostaron tres paquetes de figuritas al ganador. Llegaron riendo y se sujetaron a la verja que separaba el jardín de la casa de la calle esperando ver pasar al manicero. Entre humo y olor a maní caliente apareció el carrito que se detuvo misteriosamente delante de la casa, era como que el manicero supiera de alguna manera de sus desacuerdos y apuestas. Mientras armaba unos cucuruchos de papel de diario y los ponía en el tubo porta conos de la humeante locomotora, los miraba sonriente y luego de mover los maníes y sonar su corneta, siguió su recorrido perdiéndose como fantasma en una nube de humo de su locomotora. En ese preciso instante todos al unísono reclamaron sus paquetes de figuritas.  Cual grande fue la sorpresa al descubrir que cada uno había visto a un manicero distinto que concordaba con su relato anterior. 

Ahí se armó la charla más loca e increíble que habían tenido jamás, sus mentes explotaron como fuegos artificiales rompiendo las barreras de lo posible e imposible. Mundos paralelos, múltiples universos, realidades superpuestas, viajes en el tiempo, distintas dimensiones, proyecciones fantasmales, extraterrestres camuflados, la vida, la muerte y mil temas más que surgían como manantial de agua clara. A partir de ese momento el proyecto Dédalo dejó de ser interesante, y como igual no podrían sacar el avión del fondo del terreno por el angosto pasillo entre el barco y la casa, decidieron desmantelarlo y convertir su fuselaje en una torre de observación donde montarían un telescopio construido con un caño de chapa, que sumado a otros instrumentos de medición, utilizarían para instalar un observatorio e intentar comprobar si la realidad que veían era siempre la misma, o cambiaba según la observaban. 

A partir de ese día todos los fines de semana esperaban en vano la llegada del manicero pues nunca más volvió a pasar por la cuadra, aunque de vez en cuando en la lejanía escuchaban el sonido de su corneta, nunca lograron volver a encontrarlo. Fue entonces cuando decidieron preguntar a sus padres sobre el manicero y su historia. Don Fernández lo recordaba levemente, don Santos recordaba que decían que era un científico alemán, el padre de Enrique Nápole directamente no lo recordaba y nunca lo había visto, y el padre de M, don Leopoldo, les contó que don Hoffer, un vecino y conocido de los Glocke, le dijo una vez que la familia entera había desaparecido misteriosamente en la casona donde vivían una noche de 1955. 

De ahí fueron directamente a preguntarle a don Otto, que se sentaba todas las tardes en la puerta de su casa estilo alemana a tomar una cerveza negra. El manicero, según les contó Hoffer, era un excéntrico científico alemán llegado después de la guerra, que vendía maní por las calles de la ciudad los fines de semana y hacía extraños experimentos en el sótano de su casona. Se decía que investigaba sobre camuflajes electromagnéticos o algo por el estilo, con equipos y materiales traídos de Alemania. Cuando las autoridades ingresaron a la vieja casona alertados por los vecinos que habían visto un fuerte resplandor como de un incendio, encontraron la cena servida en la mesa, la comida aún caliente y ningún rastro del manicero y su familia que nunca más pudieron encontrar. Desde ese entonces la vieja casona quedó abandonada. Fue en ese preciso momento cuando el grupo Alcón decidió su próxima misión, la visita al castillo abandonado, pero esa será otra historia para otro relato fantástico si DDLA no desaparece de la noche a la mañana, como lo hizo el misterioso manicero. 

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